PRODUCCIÓN LITERARIA NOVELISTICA
LA DAMA OTOÑAL
( NOVELA )
PRÓLOGO
La dama otoñal o el uso acertado de la tradición literaria
Betuel Bonilla Rojas
Novela a la vez de personaje, histórica, de educación
sentimental o romance al estilo de las sagas del siglo XIX, La dama otoñal es
la ópera prima de José Luis Avilés Rivera, uno de esos hombres a quienes una
vez la vara de la emoción literaria los toca, se desbordan en un torbellino de
historias que solo termina, muchas páginas después, con un contenido punto
final.
En la primera clave de lectura, asistimos a la historia de una mujer que deviene consciencia y lucidez gracias a su periplo por distintos acontecimientos históricos que le van dejando sus rezagos morales e ideológicos y que la van catapultando a un lugar ético fundacional, firme precursora de las tendencias de avanzada por las luchas de los derechos de la mujer. Ese resumen de episodios de la historia de Neiva, el Huila y Colombia, que va desde los sitios y los episodios emblemáticos de la Guerra de los Mil Días, pasando por la oprobiosa década del veinte y la masacre de las bananeras, por el conflicto fronterizo con el Perú, que testimonia la presencia de Cándido Leguízamo, y va hasta los coletazos de la Primera y Segunda Guerras Mundiales, se antoja como un recurso que, desde la Genoveva Alcocer, de Germán Espinosa, sirven de hilo conductor del trasegar de un país que se debate, desde hace dos siglos, entre conflictos partidistas, con numerosas muertes como consecuencia de estos.
María Manrique Santacoloma, por mejores señas la señorita Manrique, la protagonista de la novela, va configurando, con su propia vida, el destino de las heroínas rebeldes que pasan de las más puras formas del yugo patriarcal y se van erigiendo en figuras respetables que, por donde pasan, van dejando una estela de asombro. De hecho, en el decir de Alfonso Reyes, hay en ella tanto de humano como de des- humano, pues, encorsetada por una época que impone la marca cultural como costumbre, pronto entiende que la independencia de las ideas cuesta odios y sangre y va liderando causas políticas y personales, llegando a alcanzar cargos hasta entonces vedados a las mujeres. Y, en ese paso, nada osa atravesarse en su camino, pues en eso “humano” que hay en ella habita la certeza de que nada se consigue con la ciega obediencia y la sumisión, por lo que, cuando corresponde, trasgrede las normas de la época y desborda lo que de ella y las mujeres se espera, como cuando da órdenes inapelables a los hombres, cuando decide destinos ajenos o como cuando, hechizada por el amor del italiano luego de vivir entregada a su desafiante soltería, contradice los dictámenes del clero, representado en el padre Motta, acaricia las mieles del sexo y, sin tapujos, se lanza a vivirlo a plenitud: “Sintió al italiano trazar mapas imaginarios con su boca por todos los rincones de su cuerpo. Finalmente, los vio evaporarse por la ventana cuando el italiano, con su lengua, se puso a graficar el alfabeto en su vientre enloquecido. Entonces, recordó a los gallos finos encima de las gallinas en el patio. Al garañón resoplando con las yeguas en el corral. A Nerón multiplicando su especie en la calle. A don Rogelio, jadeando con las prostitutas. A los indígenas de la servidumbre, resoplando en el secadero de tabaco o la bodega, sobre los bultos de cacao”.
En este tono desafiante que Marie, como la llama su amiga
Madelén, personaje clave en tanto se ofrece como testigo de todo el trasegar de
María Manrique Santacoloma en medio de sus contradicciones, se aprecia el eco
de personajes profundamente trascendentales en este devenir de la consciencia,
como la Emily Grierson, de William Faulkner y, por consiguiente, toda la saga
de personajes que, con esta misma psicología de mujeres adelantadas a sus
épocas, fue construyendo García Márquez, como la propia Úrsula Iguarán o la
Sierva María de Del amor y otros demonios.
Es justo en esta dimensión, potenciada por una estructura muy bien concebida, que va y vuelve en los tiempos y en la consciencia de la protagonista y cuya organización va desvelando los misterios y secretos de la vida de la señorita Manrique, por lo que la novela se convierte, a su vez, en una novela del linaje de obras de educación sentimental, esa tradición iniciada con Goethe y desarrollada con Flaubert, entendida como el paso a paso de una vida que va hallando su sentido mientras se presencia la historia. Aquella niña curiosa que, desde pequeña, observa por los intersticios de las cabañas al mayordomo teniendo sexo con prostitutas, encuentra en esa fisura, convertida en metáfora de otro Aleph, una ventana desde la cual auscultar el mundo, su historia, el desarrollo de las ideas planteadas por los dos partidos políticos tradicionales hasta la llegada del mal llamado Frente Nacional.
Unidos los dos modos de lectura, María Manrique Santacoloma
es un ser, una mujer, que crece mientras los demás personajes, salvo Madelén,
son engullidos, arrasados por su paso demoledor, decisivo. Todo es frágil,
menor y casi caricaturesco al lado de ella, de la señorita Manrique. Solo al
final de la novela, cuando la búsqueda de pistas de Claudia y Raúl, el hijo de
Manrique llega a su fin entre viejas fotos apresadas en un baúl y liberadas
como los papeles de Melquiades, todo cobra sentido. En ese momento, de igual
modo, se entiende la estructura de la novela. Raúl, como una especie de
investigador policial, se va adentrando en la vida real de la señorita Manrique
a la vez que, en la suya, hasta descubrir que tiene dos madres, que una
perfecta y bien calculada complicidad se ha tejido entre las dos amigas y que
cada parte de la novela adquiere sentido.
Frente al otro modo de lectura sugerido, la novela entra en la clave de ser una novela histórica a la vez que un bello e inmenso fresco de costumbres. Ya Doris Sommer y Benedict Anderson habían llamado la atención sobre la manera en que los romances latinoamericanos del siglo XIX, alegorías del fracaso de las recién constituidas repúblicas, hallaban en los cuadros de costumbres acaso la única manera posible de reafirmar esas naciones no concluidas. Así, el inventario de dichas costumbres era el último intento para fundar nación desde la reafirmación de lo autóctono. Quizás, no en vano, la señorita Manrique entre a conversar de forma intertextual, por su estirpe, con el autor de La venturosa, Ramón Manrique, una de las novelas más firmemente instaladas en esta tradición.
En este inmenso fresco colombiano y huilense que es La dama
otoñal, se registra de forma ambiciosa, quizás como en ninguna otra novela
colombiana, lo cual, en buena medida justifica que tengamos apenas breves
pincelazos de estos frescos, un enorme inventario de costumbres, atuendos y
platos que sirven de decorado al trasegar de la señorita Manrique y su séquito
de áulicos. Este tipo de narración, rica en detalles y sutiles matices
regionales y nacionales, confiere enorme verosimilitud al relato, pues, como lectores,
nos invita a hacer el mismo recorrido de los personajes.
Finalmente, como corolario a las muy buenas decisiones narrativas tomadas por José Luis Avilés, quiero destacar el uso de lo que él llama “El Corrillo”, una estrategia que le da mucho sentido a la novela y que vincula los distintos modos de lectura propuestos. A la mejor usanza del coro griego, este grupo informe de gente testimonia, como una especie de narrador testigo, cada paso de la señorita Manrique. Presencia fantasmagórica, alucinación, proyección de culpas; en todo caso, el Corrillo no siempre es el mismo. Muta astutamente según los intereses de su mirada y el estado anímico de la señorita Manrique. Lo
sentimos husmeando entre sus ropas, en el baúl de sus
secretos, en su consciencia atormentada; se cruza en medio de los diálogos,
entre las letras farragosas de las miríadas de cartas que interrumpen su
soledad buscando una migaja de amor; se asoma al cuarto en el que Manrique
llora al recordar la sortija que indica que el italiano es casado y, por tanto,
ajeno; llora con ella y se solaza cuando el italiano reaparece, una y otra vez,
hasta consumar el deseado encuentro del cual nace Raúl. El Corrillo, este corrillo,
es también parte de una tradición que, como ya se dijo, tiene asiento en el
teatro griego y evoluciona y se va volviendo parte nuclear de la saga de los
Snopes en las tres novelas de William Faulkner que los tiene a ellos como
personajes y va a parar al angustioso recorrido que hace Santiago Nasar
intentando salvar su vida.
Quiero creer que José Luis pensó en nosotros, los lectores, como el Corrillo que, al final, espera con ansias y expectativa el último paso de la señorita Manrique. De esta forma, nos vuelve, eficazmente, parte de su novela.
LA DAMA OTOÑAL ( NOVELA )
Dicen que dicen, que cuando “El Corrillo” pasó por Neiva,
pregonando la muerte de la señorita Manrique, la ciudad hervía de calor. Que
bajo el sopor que lo agobiaba, este personaje colectivo, multiforme,
polifónico, anónimo y mítico, como el coro griego, que siempre ha existido en
el imaginario de Neiva, no se quedó ahí, fue más allá; sin el menor recato,
esparció el rumor que aquella madrugada lluviosa del lunes 23 de septiembre de
1970, día del equinoccio de otoño en el hemisferio norte, la señorita María
Manrique Santacoloma se había despertado sobresaltada por el revoloteo
insoportable de una enorme mariposa negra que daba vueltas, atolondrada, en la
oscuridad del cuarto. Que, carcomida por el agüero y después de acomodarse su
ropa interior y el camisón que fulguraba en la penumbra, desde la cama,
agobiada por la artritis, había tomado a tientas la linterna que mantenía sobre
la mesita de noche y, empujada por la superstición y en medio de su ceguera, se
había ensañado tanto contra el insecto, a tal punto que no le importaron los
tropezones que se dio contra los enseres del cuarto y, por el contrario, lo
había perseguido sin descanso por más de media hora. Que, cansada, con el
cuerpo lacerado y sudando frío, se había sentado resignada en la cama,
renunciando a seguir persiguiendo al insecto, pero que cuando este hizo una
parada en la baranda de la cama, sin pensarlo, por intuición, la señorita
Manrique lo había destrozado de un chancletazo ensuciando el piso del cuarto
con una mancha negra. Que, agitada por el esfuerzo, se había estirado de nuevo
en la cama y había permanecido varios minutos, inmóvil, como muerta.
Lo que no alcanzó a contar “El Corrillo” fue que media hora
después, en camisola y con la cabeza cubierta con una pañoleta gris, trató de
alcanzar la ducha, pero solo llegó hasta el corredor. La detuvo la brisa helada
del patio que le abrumaba las piernas y el horror que le produjo ver los pisos
de la sala y el corredor cubiertos y sucios por una colcha negra de avispas y
escarabajos muertos. En silencio, los barrió y los amontonó junto a un helecho
moribundo que aparecía arrumado en un rincón del corredor. Luego, regresó a su
alcoba con paso cansino, arrastrando, más que sus chancletas mojadas, el peso
de su larga vida. Llegó imbuida en un monólogo ininteligible. Remilgó con
ademanes grotescos por sus fallidos intentos de encender las veladoras de su
altar centenario. Malgeniada, anduvo como sonámbula en la sala. Cuchicheó por
varios minutos con el árbol genealógico de la familia Manrique que había
resistido el terremoto del 67 y que permanecía inclinado sobre una de las
paredes de la sala de estar. Luego, empujada por la cistitis y soportando la
humedad y la brisa fría que le fastidiaban las piernas, atravesó el patio.
Estaba cerca del baño cuando cayó en la cuenta de que había pasado por debajo
de una escalera, que, quién sabe quién y desde cuándo la habían dejado
reclinada sobre una de las paredes del silo, en donde, otrora, Raúl Manrique,
una tarde lluviosa, sorprendiera a la pareja de indígenas Tama-Caguán, que
servía a la familia Manrique, retozando y teniendo sexo sobre los bultos
almacenados de la cosecha de tabaco y de cacao. Se echó pestes. Movida por sus
agüeros, desanduvo el camino pisando charcos. Se santiguó varias veces y lo
reinició esquivando la escalera. Cuando se encontró justo enfrente de la puerta
del baño, al mirar el cielo, no pudo impedir que se le erizara la piel. Estaba
como lo había visto 45 años atrás, manchado por un cúmulo gigante de nubes
negras. Entonces; la asaltó el vago presentimiento que ese sería el último día
de su vida.
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